Ultrasuvenir

Sala de Arte Contemporáneo SAC
Santa Cruz de Tenerife, Spain
23.06.2017 - 25.08.2017








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Ídolo de Zonzamas, 2017.
Serie de 50, resina transparente,
residuos de plásticos del mar.
10 x 5 x 7 cm. c/u.























Micropaisaje III, 2017.
Resina transparente, souvenir, base de hierro y
residuos plásticos del mar.
49 x 20 x 25 cm.



























Lava, 2017.
Instalación de pared.
Serigrafía sobre papel. Serie de 84.
50 x 65 cm. c/u.















Novios del Mojón, 2017.
Dos esculturas de Porexpan tallado.
320 x 46 x 112 cm.




















Twin cactus, level distance, 2017.
Biombo de madera de seis hojas,
policarbonato, óleo y acrílico.
220 x 5 x 360 cm.






















Poder solar, 2017.
Serie de cinco toallas intervenidas.
Collage sobre toalla de playa.
77 x 170 cm. c/u.


















Ídolo de Tara, 2017.
Serie de 50, resina transparente,
residuos de plásticos del mar.
10 x 5 x 7 cm. c/u.























Piedra, 2017.
Instalación de varios elementos.
Esculturas en Porexpan, fibra de
vidrio, resina transparente, piche y
residuos plásticos del mar.
75 x 130 x 144 cm.











Guiris, dioses y paisajes de postal

Adonay Bermúdez



Lo que yo he buscado realizar, sobre todo, ha sido esto:
un mundo poético; una mitología conductora.
Mi intento es el de crear un Lanzarote nuevo.
Un Lanzarote inventado por mí.

Lanzarote o, mejor dicho, la naturaleza de Lanzarote ha sido adulterada, convertida en un artificio, en unpaisaje de postal. Como poblador sólo se sabe reconocer dos estadios: admitir y quedarse con el cambio superficial o suprimir mental y visualmente la transformación y enaltecer lo supuestamente virgen (mientras el sentimiento de patria hincha el pecho). Pero la situación dista bastante de ambas visiones, principalmente porque hoy en día nada permanece en estado original.

En el momento que se humaniza el entorno, así sea con la mera presencia de un individuo, la naturaleza muere y el paisaje se instala. La realidad ha sido alterada, incluso, en espacios donde el hombre nunca ha estado físicamente ya que ha generado un efecto en el medio ambiente a través de, por ejemplo, la quema de combustibles fósiles o la contaminación.

El paisaje mata, por reduccionista, por simplificador, por descontextualizador, por esteticista, por todo ello el paisaje mata la naturaleza, el mundo y con él irremisiblemente nos mata a nosotros.

Nicolás Laiz Placeres se escapa de esta ecuación. Desde sus inicios a finales de los años noventa, ha venido retratando la evolución del paisaje lanzaroteño, percatándose de esas capas casi imperceptibles al ojo humano. Distingue perfectamente el paisaje como construcción artificial y la naturaleza como construcción originaria, aunque su postura se localiza en los lares del paisaje, en la sublimación de la naturaleza. Su imaginario recrea híbridos que cabalgan entre lo real y lo imaginado, configurando nuevas lecturas del paisaje partiendo de elementos típicos (y tópicos) de la idiosincrasia de la isla. Disecciona la flora (principalmente el cactus) y la fauna, pero también incluye otros elementos populares extraídos de la historia o la cultura, que son reconocibles rápidamente y que componen la imagen representativa o turística de Lanzarote, aunque frecuentemente extensible al resto del archipiélago canario. Aún así, si bien se sirve de lo local para erigir su obra, su lenguaje es enteramente global: siempre encontraremos territorios que se autocuestionen.

Dentro de esta construcción del paisaje que trabaja el artista, descubrimos Twin cactus, level distance (2017), una instalación compuesta por seis paneles y articulada a modo de biombo japonés. Cuando el hombre domina (y, por ende, destruye) la naturaleza tiene que buscar la forma de recrearla para poder conservarla. El resultado final es una estampa de belleza idealizada y totalmente falsa basada en estímulos sociológicos que va mutando con los años. Es como hacerle una foto a la foto, ratifica Nicolás Laiz Placeres.

Esta pieza tuvo su antecedente en Óscar Domínguez’s beach house I (2015), mostrada en una exposición colectiva titulada Turismo efímero. El diálogo iberoamericano (2015) en el Espacio Cultural El Tanque, perteneciente al Gobierno de Canarias. En esta segunda ocasión arriesga mucho más que en la primera, ya no sólo por aumentar las dimensiones, sino porque enhebra y afina el discurso de una manera más contundente. En ambos casos el espectador se tropieza con un biombo que guarda ciertas similitudes con un libro sobredimensionado y desplegado de (interpretada) historia que funciona como un muro que apenas permite ver las sombras de lo que verdaderamente pasa al otro lado. El paralelismo es fulminante, la obra enlaza con el Mito de la Caverna de Platón, escenificando a una sociedad esclava que sólo acepta una pequeña parte de la realidad. En este caso, una aparente realidad en forma de paisaje compuesto por elementos vegetales, geométricos y, cómo no, turísticos.

Los componentes canarios o locales configuran una parte esencial dentro del trabajo de Laiz Placeres; se expanden prácticamente por el 100% de su producción pero, eso sí, reincidamos en trabajar lo local para discurrir sobre lo global. Algunas obras clave donde poder apreciar este argumento son Mararía Sexygirl (1999), una instalación donde recurre al título del famoso libro de Rafael Arozarena para dilucidar sobre el falso atractivo insular; El Jardín de las Hespérides (2003), acuarela realizada mientras estudiaba el Master in Fine Art en Goldsmiths University of London, en la que ridiculiza la errónea imagen de paraíso que se tiene y se vende de las Islas Canarias; o Chiringuitos (2005), una serie de construcciones con materiales reciclados donde entrecruza la publicidad, el turismo y la cultura local canaria, exhibida tras ser seleccionado en Circuitos’05, dirigido por la Comunidad de Madrid. Pero, indudablemente, donde queda patente de una manera irrebatible su constante canariedad es en tres obras de reciente producción: Los novios del Mojón (2017), Ídolos de Zonzamas (2017) e Ídolos de Tara (2017).

El artista se refugia en la vieja costumbre de Los novios del Mojón. La tradición consiste en unas estatuas de barro que se intercambiaban los novios antes de sellar su relación de cara al matrimonio. Primero, el hombre le regalaba a la mujer la figura masculina con atributos sexuales desproporcionados y, si la mujer aceptaba, le entregaba a éste la figura femenina con los órganos sexuales engrandecidos. Pero el artista no va en busca únicamente de la tradición popular, persigue la práctica artesanal de Doña Dorotea (1899-1997), ceramista de Muñique (Lanzarote), que fue quien popularizó esta actividad de origen prehispánico, símbolo de la fecundidad y la sexualidad. Hoy en día se bebe de ella y estas esculturas se comercializan a modo de suvenir; se ha pasado de un objeto de culto a un objeto desacralizado y decorativo. Laiz Placeres reivindica su origen y esculpe a los novios en unas dimensiones descomunales, obligando al espectador a no olvidarlos. Además, no acude al barro, sino al poliestireno expandido, material contemporáneo que actualmente forma parte del paisaje insular. Sin duda, ironiza, pudiéndose observar cierta relación con los papagüevos3 del carnaval, tan propios de la cultura canaria. Estos cabezudos tienen la finalidad de asustar y engañar, de ahí que la relación con el trabajo de Laiz Placeres se torne interesante ya que con frecuencia él mismo busca la forma de espantar al turista con elementos propios de Lanzarote, provocando que no sienta interés por viajar a la isla. Este análogo propósito tenía, por ejemplo, la serie Micropaisaje (2016), presentada en una exposición individual en la Galería La Isla (Madrid) bajo el título De guiris y dioses.

Nicolás Laiz Placeres rescata el pasado para hablar del presente. Dentro de su maremágnum conceptual, el artista recupera la iconografía estatuaria aborigen de Canarias, exactamente el ídolo de Zonzamas de Lanzarote y el ídolo de Tara de Gran Canaria. Ambos están conceptualmente bajo una misma línea, pero con objetivos disímiles. El ídolo de Zonzamas corresponde a una estatuilla de apenas trece centímetros de altura encontrada en un poblado prehispánico ubicado en el municipio de Teguise. Esta estatua antropomorfa constituye seguramente una de las piezas arqueológicas más importantes de la isla. El artista ha copiado la original pero la ha reproducido de dos formas: una primera serie de cincuenta piezas ejecutadas en resina y rellenas de plástico que recoge de las playas y una segunda de cincuenta unidades también elaboradas con resina pero repletas de microplástico y piche.

Como anotación, habría que resaltar que no es la primera vez que el artista recurre a este material. Flora. Cactus negro (2015) supone un precedente fundamental, corresponde a una escultura compuesta por grandes bolas de piche que encontró en la playa de Caletón Blanco (al norte de Lanzarote). Lo interesante de este hecho es que dichas bolas las almacenó años antes de realizar la escultura, hasta que finalmente detectó el camino para las mismas. Se evidencia el carácter acumulativo del artista que queda reflejado en su propio trabajo.

Pero regresando a Ídolos de Zonzamas (2017), resulta irónico que las excavaciones arqueológicas donde se localizó el primigenio objeto de culto hayan estado paralizadas y abandonadas durante muchos años por falta de recursos y que, además, justo enfrente, apenas a trescientos metros de distancia, se ubique el vertedero más grande de Lanzarote. El artista rescata el icono del abandono y del olvido y lo visibiliza, aportándole una lectura de siglo XXI y añadiendo, de paso, un guantazo en forma de crítica certera.

A pesar de que estéticamente es muy similar, con el Ídolo de Tara la lectura es ligeramente diferente ya que con éste el (re)conocimiento por parte de la población es mucho mayor. Está implantado como un símbolo de toda Canarias, absorbiendo al resto de islas. Tampoco es la primera vez que utiliza este ídolo en su trabajo, se reconoce rápidamente otro en obras como Sabrosón, de la serie Minimal playero (1999).

Las representaciones aborígenes canarias tienen un claro nacimiento en el abanico estatuario africano, especialmente del norte y oeste del continente. El artista, pleno conocedor de ello, estudia y acude al origen de Lanzarote y, por ende, de sus manifestaciones artísticas para poder incorporarlo a su construcción del paisaje. Canarias no puede separarse de África, sus vínculos a través de flujos migratorios provocan que la división sea imposible. La historiografía sitúa a los indígenas canarios como parte del linaje de los bereberes. Además, los lanzaroteños comparten una relación aún más estrecha con el continente africano: durante la primera mitad del siglo XVII la isla se convirtió en un punto estratégico para la compraventa de esclavos. La aportación étnica de los esclavos, sobre todo del grupo de negros y mulatos (ya que los moriscos y sus mezclas conformaban la base racial de la Isla en estas fechas) fue evidentemente muy importante; pues puede concluirse que la existencia de un número tan elevado de esclavos, en una isla tan escasamente poblada, influyó de un modo absoluto en el desarrollo social y demográfico de la misma. Estamos en disposición de afirmar que más del 25% de la población isleña era esclava.5 Una vez Lanzarote dejó de ser espacio para la comercialización de personas, muchos se quedaron, enriqueciendo a la isla con cruces raciales. Este hecho es sumamente seductor porque se evidencia cómo Nicolás Laiz Placeres asume como propias las manifestaciones artísticas africanas, corroborando que su asiduidad a la herencia no es un mero guiño, sino que (de)muestra un alto conocimiento y dominio que va más allá del trabajar irónicamente cuatro iconos manoseados.

La escultura de los Bakongo, etnia procedente de la costa atlántica de África, sale a la palestra. El artista se vio rápidamente reflejado en sus estatuas religiosas, sobre todo en la acumulación de elementos para componer una nueva imagen y en la (de)sacralización de los objetos. Los fetiches procedentes de los rituales pueden ayudar en momentos de necesidad incluso haciendo el mal, pero siempre a cambio de una ofrenda. Cada persona que hace la promisión al fetiche le incrusta clavos o cuchillos, dejando su marca y, de paso, transformando la propia divinidad.

Esa misma deformación a través de la aglomeración de dispositivos ya se pudo advertir en Los novios del Mojón (2017), en Ídolos de Zonzamas (2017) y en Ídolos de Tara (2017), pero también en la serie que realizó durante su estancia en Ecuador en verano de 2016 titulada Quito souvenir (2016) y en la serie Micropaisaje (2016). En esta última conformó cuatro esculturas que exhibían cuatro reinterpretaciones de una misma isla.
Para ello recreó falsas rocas negras, como metáforas de todas esas piedras volcánicas que los turistas intentan llevarse de Lanzarote dentro de la maleta, y amontonó y ensambló toda una ristra de objetos procedentes de souvenirs, personas en miniatura, elementos vegetales y geometrías.

Esta misma línea se distingue en Piedra (2017) pero, para esta nueva ocasión, ha quintuplicado en dimensiones y acrecentado la sátira. Mientras otros utilizan al camello como emblema patriótico, reincidente y soporífero de Lanzarote, Nicolás Laiz Placeres sitúa tortugas, un animal que no forma parte del listado de la fauna autóctona. El artista habitualmente ha empleado animales para simbolizar a la isla, pero siempre han guardado coherencia dentro de su discurso: pulpos (El paraíso de los trabajadores, 2015), medusas (El jardín en movimiento, 2014), cabras (Minimal playero, 1999, o Micropaisaje I, 2016) o gaviotas (Micropaisaje II, 2016), pero la incorporación de la tortuga sorprende de una manera abrumadora. A medio camino entre una ruina arqueológica y una pieza escultórica de rotonda, el artista reincide al mofarse de cómo un objeto es capaz de conseguir un valor incalculable, de ahí que el uso del souvenir sea frecuente en su trabajo. Su repertorio objetual basado en el fragmento, el desecho y el fetiche es inagotable, mostrando objetos que poseen la capacidad de manipulación y de metamorfosis. Los extrae de la vida cotidiana y los descontextualiza, dialogando sobre su naturaleza física y estableciendo nuevos discursos. Los multiplica, pero teniendo la virtud de lograr que, entre la multitud, cada pieza posea su propia personalidad.

La producción del objeto en masa es uno de los pilares de la obra de Nicolás Laiz Placeres, pero no busca la perfección, sino todo lo contrario: le interesan las erratas dentro de la elaboración. Le preocupa generar una sensación de trabajo rápido, con urgencia y sin cuidado, forjando un paralelismo con el propio souvenir de Lanzarote: mal pintado, con fallos y con representaciones que nada tienen que ver con la idiosincrasia del lugar, hecho aplicable a cualquier territorio turístico. Este modelo de repetición ya se apreciaba en Ídolos de Zonzamas (2017) e Ídolos de Tara (2017), pero también en la instalación Mojo Picón (2017), donde colocó sesenta serigrafías a tres colores en forma de jardín infinito irregular y, en cierto modo, defectuoso. Este vergel hecho en papel cuenta con un hermano: Lava (2017). Esta pieza, localizada dentro de la exposición Ultrasuvenir en SAC – Sala de Arte Contemporáneo, aumenta sus dimensiones y pasa a una reproducción de un solo color (negro). El artista rompe con la evidencia y busca que al espectador le cueste encontrar los fallos.

El paisaje para ser comercializado, para ser consumido. Laiz Placeres erige un tablero con burras, como si fuera un chiringuito decadente, e incorpora algunas de las piezas anteriormente citadas como Ídolos de Zonzamas (los de microplástico y piche) e Ídolos de Tara. Además, añade Poder solar (2017), cinco toallas con la impresión de un mapa físico de Lanzarote y diversos elementos representativos de la isla que compró en una tienda en Puerto del Carmen, zona turística por antonomasia. Lo atrayente de esta obra es que su madre ha bordado encima citas descontextualizadas de reconocidos filósofos como Guy Debord o Friedrich Nietzsche, del colonizador Cristóbal Colón y de los músicos Bob Marley y EMINEM, un compendio de personajes que no guardan ningún engarce con el contexto local. Todas las frases, ligadas al turismo, dinamitan la bucólica efigie de Lanzarote e ilustran un vapuleo con la apariencia de una pancarta. Además, por un lado, devuelve el carácter artesanal al producto insular y, por otro, derriba el modelo de merchandising comercializado en Lanzarote.

El turismo es duro para el cuerpo, apuntó EMINEM, y razón no le faltaba. A pesar de lo ambigua que puede ser la frase, principalmente porque ha sido extraída de su hábitat original, perfectamente puede funcionar como epítome de este proyecto. El artista, a medio camino entre un historiador y un insurrecto, exhibe de manera inusual las consecuencias de vivir con el (y del) turismo de masa, propio de un sistema capitalista.

Reinterpreta, seduce, repele y esculpe. Todo a la vez y a bocajarro, sin vaselina ni almohadas; veinte años de carrera aportan (auto)conocimiento y (auto)convencimiento. Se hace o no se hace, Nicolás Laiz Placeres nunca ha sido de quedarse a medias.

Tuneras, pulpos, calaveras y geometrías.

Ultrasuvenir (o cómo lapidar el concepto de paraíso).










Ultrasuvenir (glosario para un turismo corrupto)

Fernando Gómez de la Cuesta


El vicio corrige mejor que la virtud: soporta a un vicioso y tomarás horror al
vicio, soporta a un virtuoso y pronto odiarás a la virtud entera

No es casualidad que llevemos un tiempo empeñándonos en matricular muchos de los conceptos que manejamos con el prefijo post-, hace años que hemos detectado el agotamiento que se ha producido en el sistema y en sus posibilidades, en las estructuras, infraestructuras y superestructuras, en los planteamientos ideológicos y en sus desarrollos, en los individuos, los contextos, los medios y los recursos. Nuestro estado de extenuación, alienación y ansiedad nos acelera para que tratemos de poner un punto y final a esta situación de desmesura y decadencia que nos tiene desbordados, que nos hace presentarnos absolutamente sobrepasados en el seno de un marco territorial, humano, filosófico, social, político e institucional que parece haber agotado todas sus posibilidades, que no nos lleva a ninguna parte.2 Incluimos post- hasta la náusea, en cualquier sitio, ante cualquier palabra, con cualquier pretexto, incluso sin aportar ningún sentido ni contenido, y lo añadimos para forzar que este estado de colapso se acabe, con el objetivo de pasar página, remarcando que ahora estamos en otra cosa, que todo ha cambiado, que comenzamos un nuevo paradigma, sea el que sea.

Pero no, no es verdad, es una ficción que nosotros mismos nos hemos empeñado en construir para autoconvencernos, porque queremos con todas nuestras fuerzas que esto concluya, porque nos pueden más las ganas que el discernimiento. Es cierto que estamos viviendo el final de algo, sin embargo no hay duda de que todavía estamos insertos en la mierda y en la catástrofe, debemos tener claro que no nos encontramos al principio de nada, ni nadie nos puede asegurar que, después, no haya más mierda ni más catástrofe. Ahora nos toca seguir sufriendo los estertores de un moribundo que no sabemos lo que durará, ahora nos toca jodernos, jodernos más. Hubo un momento de ilusión, una luz al final de un túnel que creímos que era la salida y, sin embargo, fue la puerta al desierto de la desilusión más absoluta, mucho foco y poco cambio, todo parece lo mismo y aquellos que pensábamos que eran diferentes, que articularían otras vías, que de su mano nos adentraríamos en una utopía todavía desconocida, han resultado ser una especie degenerada y grotesca de voceros de las demagogias más infames, una caricatura de todo lo que nos precedió, unos nuevos incumplidores profesionales de promesas que consolidan nuestra vieja distopía, un “más de lo mismo” vestido con la tela de una pana que, a muchos de nosotros, nos suena a falsas expectativas frustradas

Nicolás Laiz Placeres es un tipo duro y poroso, unas extrañas características para un mismo sujeto. Posee una resistencia que se ha ido entrenando a base de los golpes de mar, de viento y de vida, y una permeabilidad adiestrada desde la inteligencia de saber que la mejor manera de oponerse no siempre es ir en la dirección contraria. Un artista que se mueve entre la antropología más sensible y el flâneur contemporáneo. Laiz Placeres decide titular su nuevo proyecto anteponiendo el prefijo ultra-, porque es consciente de que estamos ubicados en el exceso y en la desmesura, en el grado extremo y degenerado de algo, en un final aberrante y deforme que se nos está haciendo muy largo. Ultrasuvenir es una investigación compleja que se inicia sobre un campo de trabajo acotado e infinito, que parte de la isla, de su isla, de Lanzarote, con la voluntad de trascenderla y proyectarse hacia fuera, una exploración localizada en Canarias pero con una intención global, sabiendo que la única manera de analizar una situación tan convulsa como la actual es desde la cercanía, el conocimiento y la experiencia. Ultrasuvenir da constancia de nuestros errores y carencias de una forma demoledora, directa, sin ambages, nos sitúa en medio de la vorágine, cuestionándonos dónde estamos, pero, sobre todo, hacia dónde nos dirigimos, nos habla de ética y de estética, de cultura y de superficialidad, de ecología y de naturaleza, dejando en evidencia la impostura, la degeneración y la inmoralidad, para que seamos conscientes de que la manera de continuar no tendrá tanto que ver con la persecución de nuevas utopías, sino con el desarrollo de unos valores que conectarán, sin duda, con el respeto y con la libertad.

Los artistas siempre han estado atentos a las fricciones que se producen en la contemporaneidad. Por eso esta propuesta, esta perspectiva crítica, se articula en torno a uno de los acuciantes problemas que padece nuestra sociedad: el de aquellos lugares y personas que son objeto y sujeto de un turismo completamente desproporcionado y corrupto que no es más que la expresión del agotamiento moral, ideológico y estructural en el que andamos sumidos. Lejos quedan aquellos viajeros del Grand Tour, nobles, burgueses, aventureros e intelectuales con ansias de saber, que tenían la posibilidad de profundizar en los conceptos y en las emociones que se suscitaban durante el viaje gracias a unos ritmos pausados propios de otro tiempo. Ahora, la masificación, lo frenético y lo superfluo nos consumen, mientras que, en un extraño contrasentido, parece que somos nosotros los que estamos disfrutando de nuestro propio bienestar. Laiz Placeres se ha preocupado más del contexto de recepción, de la cultura, de los habitantes y de las relaciones y cambios que se producen en ellos y entre ellos, que de la propia figura del turista y de los aprendizajes, conexiones y retroalimentaciones que deberían derivar del hecho de viajar. Todo ello para articular un glosario crítico, irónico y sarcástico, donde cada una de sus piezas se convierte en la expresión de un concepto vinculado a este viejo turismo, rancio y caduco, que está agotando nuestras vidas y nuestros recursos a una velocidad tan insolente que empieza a darnos vértigo. De los errores se aprende y, de una exposición como esta, que manifiesta la quiebra de un modelo, de un sistema, mucho más.

Isla (el contexto): para un antropólogo peripatético la isla se transforma en un ámbito de análisis privilegiado, en un campo de pruebas acotado cuya frontera física es evidente pero mutante, en un microcosmos asumible que, en la práctica, se demuestra insondable, un espacio finito con un contenido infinito, un viaje hacia un interior tan conocido como desconocido. Laiz Placeres camina por la isla como una forma de acción y de pensamiento, recorre ese perímetro que cambia con cada nuevo envite de mar y transita por las sendas internas que mutan su morfología a golpe de viento y de desgaste.5 El artista examina esta tierra rodeada de agua, sus habitantes y sus visitantes, como si de un sistema cerrado pero multiconectado se tratase, con sus relaciones de aprovechamiento y de abuso, con sus declinaciones y crecimientos, recogiendo muestras, hechos y experiencias, para reconstruir el objeto de su investigación en el ámbito de su estudio, situando la permanencia, el uso, el tránsito, el viaje y el turismo en posición de contacto, pero también de conflicto.6 Laiz Placeres señala que el concepto de hipervínculo resulta perfecto para definir una de las cuestiones básicas del trabajo que estoy realizando: la interconexión entre dos sistemas que se necesitan y se complementan, unas veces en forma de simbiosis y otras de parasitismo. Si entendemos el turismo de masas como un fenómeno global nos damos cuenta de esta correspondencia: por una lado tenemos el sistema Ciudad y por otro el sistema Isla, en realidad podemos ver que la ciudad es, en sí misma, una isla, aunque en vez de mar está rodeada de país, paisanaje, paisaje, campo, industria, arrabal, poblado marginal, vertedero, etc. De hecho las ciudades del mundo occidental tienden a parecerse cada vez más entre sí, diluyéndose las diferencias entre unas y otras. La Ciudad es geométrica, tecnológica, mecánica, ultraproductiva, insomne, eléctrica y artificial; por otro lado tenemos el sistema Isla que propone el turismo de masas que, curiosamente, también tienden a parecerse entre sí dadas las necesidades del sistema. De estas uniones, estimulaciones y fricciones, surgen piezas como Micropaisaje III (2017) o Piedra (2017), realizadas con resina transparente, fibra de vidrio, porexpan, restos plásticos y alquitrán encontrados en la costa, una suerte de islas-planetas en miniatura, de micropaisajes de expresión macroeconómica, de modelos y corrupciones, de cárcel y de paraíso; pequeños exvotos como los de aquellos que se llevan unas cuantas piedras en el bolsillo o un bote de arena en la maleta, y que expresan, en sí mismas, cómo se va produciendo el agotamiento de los recursos y cómo va degenerando la esencia primera para convertirse en un residuo pervertido. Un proceso de distopía, cansancio, exceso y absurdo que sufren los habitantes y los territorios que no pueden aguantar, ni física ni emocionalmente, la acometida humana, contra natura, de deslocalización ideológica y despersonalización cultural, a la que les somete un turismo ubicado en la más absoluta desmesura y que es expresión de la globalización más despiadada.

Display (la transformación): de la naturaleza hacia el paisaje, del paisaje hacia la postal, de la postal hacia la nada. Decía Susan Sontag que para la gente atosigada de imágenes es muy probable que las puestas de sol luzcan vulgares; ahora se parecen demasiado a fotografías,7 y es que el proceso de desbordamiento de la mirada y del entendimiento, de la paisajización de la naturaleza, de su transformación, estereotipación y degradación, está resultando imparable. La naturaleza convertida en su propia representación, iconificada y vaciada de contenido, reproducida en cartón piedra o pixelada hasta la confusión, un paisaje con su autenticidad desmantelada y reconstruida desde la falsedad del tópico, perturbado a través de infinitos interfaces de pantallas y de dispositivos que la sitúan en el terreno de lo que “se desea ver” y no de lo que “se ve”. Unas imágenes que se encuentran más en el ámbito del reclamo que en el de la realidad,8 deformadas mediante innumerables capas interpuestas, multiplicadas y difundidas hasta la nausea, hasta nuestra incapacidad de asimilarlas por exceso. Tanto en Lava (2017), una instalación sobre pared realizada mediante un conjunto de serigrafías reproducidas en papel, como en Twin Cactus, Level Distance (2017), un biombo de madera de seis hojas al estilo de la escuela japonesa Rinpa donde la abstracción geométrica y el naturalismo actúan de tamiz semitransparente que se interpone entre el espectador y lo que hay detrás, el artista nos deja claro su objetivo de plasmar la superposición, interposición, manipulación y reproducción que termina convirtiendo el paisaje en un souvenir, en un mero display publicitario. Un proceso que en Canarias y, más específicamente, en Lanzarote, conocen desde su formato analógico, desde antes de la era digital, desde el pionerismo del boom turístico, desde que se dio ese controvertido proceso de cesarmanriquización del territorio que todavía es evidente, de una tematización que, de una forma u otra, se ha ido produciendo en muchos otros lugares. Paul Virilio comenzó a describir los efectos de estar sumidos en una velocidad tan frenética y en un alcance tan desmesurados que conseguía sobrepasarnos,9 Marc Augé nos introdujo en la indefinición que esta vorágine contemporánea provoca en los espacios y en quienes los transitan,10 mientras que colectivos como Idensitat nos hablan ya de la zombificación de algunos de los lugares que habitamos,11 una deriva inconclusa, donde el turismo es una de las causas y de los efectos de un proceso que no sabemos muy bien hacia donde nos lleva.

Ultrasuvenir (la reproducción): un boomerang australiano con la palabra “Mallorca” impreso en su superficie es uno de los regalos más vendidos en Magaluf, el sombrero mexicano es uno de los recuerdos estrella de Tenerife. La transformación de la naturaleza en postal se consolida con el Ultrasuvenir, con aquel objeto que ha sido importado y exportado, comprado y vendido, vaciado de todo su contenido, reproducido, manipulado y convertido en un producto sin más valor que el del ticket, un precio que, a la vez, es caro y ridículo. Dice Laiz Placeres, refiriéndose a algunas de las series que componen la presente exposición: sigo con la idea de la reproducción masiva del objeto religioso, una reproducción que se da en obras como “Novios del Mojón”, “Ídolo de Zonzamas” o “Ídolo de Tara”, mediante esa reproducción indiscriminada juego con su significado, yendo de lo religioso a lo banal en una involución perversa. Los materiales, resinas y plásticos de las playas de la isla pretenden llamar la atención sobre el valor de la materia tras la conversión en obra de arte, empleando estrategias aparentemente sencillas pero efectivas como el cambio de escala. Una investigación por deriva, por acumulación, sucesión y superposición, por reproducción, deslocalización y banalización que deja en evidencia los cambios sociales de percepción, cultura y mercado, que tienen que ver con un modelo económico de explotación masiva, mientras examina cuestiones que se refieren a lo espiritual, a lo político y a lo ideológico, pero también a lo pragmático: a la evolución de la proyección exterior de las promociones turísticas o a la búsqueda y la modificación del “icono” que actúa como “reclamo”. Malas copias de copias que ya de por sí están adulteradas, la sombra de la sombra de unos objetos sometidos a esa triste homogenización contemporánea, a esa globalización que, sin duda, convierte en gris todo lo que toca, algo que nuestra ceguera hace que pase completamente inadvertido y que sólo escuece cuando un artista lo deja patente, convirtiendo el souvenir, de nuevo, en obra de arte.12 Si los hombres y las mujeres de finales del siglo XIX se estremecían frente a la inconmensurabilidad de la naturaleza vista desde el acantilado, Laiz Placeres apela a otro tipo de sobrecogimiento: detecta nuestra insensibilidad cognitiva y retiniana, saturada de imágenes espectaculares y sofisticados conceptos huecos, y nos plantea un nuevo lugar para el estremecimiento que, precisamente, tiene que ver con la desmesura que se extiende ante nosotros y que nos sobrepasa por nuestra incapacidad para aprehenderla, generándonos una nueva conmoción que establece una acertada metáfora de la contemporaneidad que estamos viviendo.

Residentes y turistas (los sujetos): El turismo es una bestia que nos involucra a todos, desde la figura del receptor hasta la persona que se desplaza, desde el que vive de ello, directa o indirectamente, al que aprovecha su ocio de esta manera, descansando, en muchas ocasiones, de trabajos que tienen que ver con el propio turismo. La fricción comienza a ser evidente entre los unos que puntualmente son los otros y los otros que habitualmente son los unos: falta de espacio vital, desgaste de los recursos naturales, propios y ajenos, colapso de las vías de comunicación, encarecimiento de los precios, inflación y falta de disponibilidad de la vivienda… Pero Nicolás Laiz Placeres no pone el punto de mira en las personas y en el pleito que se está generando entre “anfitriones involuntarios y voluntarios” e “invitados deseados y no deseados” ¡sólo faltaría! El artista es consciente de que, en inicio, sólo se puede incorporar a la dialéctica y a la crítica a quienes tienen el código de dominio, a aquellos que son responsables, a las estructuras y superestructuras de un capitalismo feroz que, como decía Bertolt Brecht, no le gusta que le llamen por su nombre. No es el turista quien corrompe, sino el sistema económico que explota este modelo quien nos envenena.13 La Isla se define por ser sexi, cálida, orgánica e intuitiva, indica Laiz Placeres, un sistema diseñado para suplir las carencias de esa ciudad que, habitualmente, es el lugar de vida. La ciudad y el ciudadano, si tienen la oportunidad, establecen una relación de parasitismo sobre la isla y sus habitantes si en ellos no existe fuerza suficiente para resistirse, o de simbiosis cuando tienen el vigor suficiente para autodefinirse y estructurarse. En Poder solar (2017) el artista parte de nuevo del souvenir, en esta oportunidad de esas toallas que llevan estampado el mapa de la isla que promocionan, para bordar textos con frases de personajes célebres que, completamente descontextualizadas, dejan patente ese roce permanente que provoca la diferencia de expectativas, de modelos y de culturas producidas por la globalización absoluta que padecemos y la desmesura tecnológica e hipercomunicada que nos aliena. Un planteamiento que sitúa este proyecto artístico como ese laboratorio tan necesario para el trabajo de campo, de reflexión y de análisis sobre cuestiones trascendentes y cercanas, una investigación que parte de lo próximo, de lo que nos preocupa, de lo que conocemos, pero que mantiene una decidida vocación universal. Esa mirada descriptiva, analítica y critica, donde se dan cita la sensibilidad, la ironía, el sarcasmo, la esperanza, el desánimo, el descreimiento y la frustración, ese poso amargo de decadencia y distopía ultraromántica que envuelve toda nuestra contemporaneidad.


















© 2018 Nicolás Laiz Placeres